









Carta a un amigo fotógrafo,
Oller, suena bien. ¿Como empezar, que decirte, como explicar tu obra, como interpretarte…? Quizás lo mejor sea hacerlo de una forma establecida y aceptada por todos, una carta.
Querido amigo José Ramón, te conocí hace ya algunos años. He de confesarte que desde entonces no has dejado de sorprender mi mirada con la tuya. Esta me imponía por su calma –la de un observador consciente-, tras ella se ocultaba tu aislamiento –la de un silente enclaustrado entre tus continuas reflexiones-. Miradas y silencios se daban la mano tras tu pícara amabilidad. No lo olvido.
Desde mi modesta observancia tus fotos son un crisol, en el que se funden multitud de miradas y silencios. Son tú.
Al decirme que te acompañara en esta nueva aventura "La Ciudad de los Tiempos", una más de tantas y fantásticas, me has dado la oportunidad de escribirte. Aun recuerdo cuando volvías del Teide en tu querido ciclomotor ¡que loca independencia! ¿Íntima vitalidad? Vivías. Vives.
Eres de esas pocas personas libres, desde niño has estado mirando, aprendiendo en silencio, oculto tras tu huérfana y limpia soledad. Tus libros de humanidad eran las personas, tu modelo la gente y sus vidas. La vida parecía sorprenderte en cada instante tras tu melancolía, una melancolía curiosamente alegre. Tu capacidad de asombro es inagotable. Si tuviera que descubrir una de las tantas virtudes que te significan, me referiría a dos: la avidez y la calma.
Un hombre ávido de vivir sin saber como, lo que has hecho siempre es buscar con tranquilidad. La procesión iba por dentro, como la de todos.
Pasado el tiempo descubriste; que aquellos pinitos que iniciaste con la pequeña Olympus que doblaba los clichés y era de color Rubí ¿recuerdas?, que aquellas primeras e introspectivas miradas cargadas de una precisa personalidad, se podrían desarrollar con la placidez de una mirada abierta, algo voyeurista, escondido tras la ventana de tu objetivo. Así nació el fotógrafo que eres. Un fotógrafo cargado de feminidad que se esconde tras los cuerpos y las mirillas de sus cámaras; para aplacar tu abierta timidez, para poder disfrutar del tiempo con la pasión y la humildad que te definen, y, para regalar a tus espectadores un visión diferente del paisaje que nos envuelve y se transforma día tras día.
En tus imágenes no existen ni tópicos ni modelos, no te expresas tras estándares. No existe un discurso racional, mas al contrario, son la suma de múltiples latidos. Contemplas con ojos nada confusos al enfrentarte con tu ciudad –la de los tiempos-, la que observas a tu manera a pesar de la confusión que narras con tus visiones. Tu propuesta es personal, arriesgada, conlleva atrevimiento. Observas el paisaje urbano con romanticismo, si bien, con la distancia suficiente para expresar secretamente los registros de tus lentes. Aunque cercano te alejas de la ciudad, con una lenta y peculiar velocidad. Miras, ves, piensas, reflexionas, lo dejas al fuego en tus calderos. Vuelves. Subes. Bajas. Buscas. Actúas con precisión. Preparas y captas.
Paralizas lo confuso, lo haces reconocible. Tus fotografías consiguen que partes inconexas –trozos- de la ciudad que desconocemos se identifiquen a pesar de su alejamiento, a pesar de su extraña temporalidad. Presencias que son el resultado de una continua transformación, logras anclarlas en un tiempo –que cuando leas esta carta- ya pasó.
Imágenes de choque y contraste, propias de lo urbano, de un paisaje que imaginamos propio a pesar de la distancia conforman esta nueva exposición. Para ti no parece ser importante que una ciudad sea bonita o fea, o que la arquitectura sea de calidad o mediocre.
Eres descriptivo. Descubres una grata relación de proximidad con lo arquitectónico y, por ende, con lo urbano; disfrutas la arquitectura, especialmente la contemporánea. Pones en un mismo plano lo bello y lo corriente, acaso es tu forma de descubrir el alma del lugar.
La minuciosidad con la que detallas tus imágenes, te confieren un halo algo mágico al componer tus sinfonías y composiciones fotográficas. Impregnas la mirada del espectador, con una mirada limpia que se materializa con cada calle, cada edificio, cada lugar, elementos estos que unidos entre si caracterizan el espacio urbano, llegan a crear el inmenso paisaje que confecciona esta nueva ciudad que nos enseñas.
Hace más de un siglo Jean Eugene Augustus Atget se esforzó por captar de manera constante pero evidente las promesas de la ciudad moderna: sus calles, escaparates, puentes, pasajes, monumentos, eran objeto de un sistemático encuentro con la mirada. Un hombre que aceptó la evolución del marco urbano como denominador común del ser humano. Tu relato fotográfico guarda cierta analogía con la de este fotógrafo francés, un fotógrafo ambulante que descubría constantemente el travestismo urbano.
Te confieso que has conseguido una muestra sugerente, cotidiana, expresiva, libre de trabazones o relaciones con tendencias o modas. Hay algo fantasmal o irreal que transporta al contemplarlas. Un trabajo libre de ataduras.
Sigue, gracias.
Espero que al recibo de la presente te encuentres bien, y disfrutes con esta nueva manifestación que nos propones, un fuerte abrazo.
Ramiro Cuende
Arquitecto
Como fotógrafo, como ciudadano o como observador de cualquier territorio, contemplaba hasta hace unos años la lentitud del crecimiento y la transformación de la ciudad prolongándose incluso durante décadas.
La vertiginosa expansión económica y de la construcción en los últimos años hace que acudamos en poco tiempo a la transformación del paisaje urbano, donde crecimos, donde vivimos o que recorremos. “La Ciudad de los Tiempos” pretende a modo de reflexión contarnos este proceso. Para ello me he apoyado en tres momentos, desde el pasado fotografiando edificios que han quedado encapsulados en el tiempo, anónimos en la ciudad. En el presente, a través de la espectacularidad de la arquitectura del momento y con imágenes interrogantes de un futuro algo incierto con arquitecturas inventadas aunque creíbles.
Jose Oller
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